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12 Enero
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Las disfunciones sexuales ocupan gran parte del caudal de preocupación del hombre moderno. Si bien es un tema que circula “abiertamente” por los medios de comunicación, la experiencia personal se transforma, la mayoría de las veces, en un relato frustrante, secreto y vergonzante.

Los mitos acerca de las disfunciones sexuales masculinas comparten su multiplicidad con la mitología sexual que marca nuestra cultura: se ve, se escucha y se sabe, pero los temores remiten a lo primitivo y a lo profundo.

Nuestra naturaleza se encarga de brindarnos un legado genital que ayuda a la hora de nuestras definiciones sexuales; pero ni alcanza ni es suficiente por sí mismo. La genitalidad no es garantía de una determinada identidad sexual. Nuestra identidad sexual se imbrica profundamente en una urdimbre social y cultural que define género. Lo masculino y lo femenino. Y las disfunciones sexuales se entroncan, muchas veces, con este mandato de género que determina no solamente comportamientos sociales más bien además –comportamientos y performances- sexuales.

Así como se habla de frigidez femenina, vaginismo o trastornos menopáusicos, encontramos la impotencia masculina, la eyaculación precoz y el climaterio. Las disfunciones no prefieren sexo, si bien es cierto que la naturaleza del orgasmo en la mujer le permitiría no desarrollar evidente al menos la frigidez. Una mujer puede, incluso para salvaguardar su identidad sexual, fingir orgasmos. La disfunción sexual en el hombre es evidente, inocultable y de ahí que mismo, atemorizante y ansiógena.

Causas

Las últimas investigaciones concuerdan que en un porcentaje que va del 80 al 90% de casos de impotencia masculina responden a una etiología orgánica, quedando un margen del 10 al 20 % que remiten a una etiología psicológica. No obstante, aún en un caso de clara naturaleza causal orgánica, los resultados pueden ser angustiantes y generadores de ansiedad, la fantasía acerca de la potencia masculina se inmiscuye aún en un diagnóstico médico.

No debemos olvidar que nunca hablamos de una disfunción sexual, más bien de un hombre –o una pareja- que sufre los efectos de dicha disfunción o conflicto de manera particular y singular.

Entre las causas más habituales (orgánicas) se encuentran:

  • Daño muscular o arterial como resultado de una enfermedad.
  • Diabetes, enfermedades de riñones, trastornos sanguíneos.
  • Ingestión de determinados medicamentos.
  • Trastornos endocrinos.
  • Efecto de procedimientos quirúrgicos.
  • Abuso de sustancias (alcohol, tabaco, drogas).

En el procentaje restante (el 10 al 20% de los casos) hablamos de etiología psicológica, de las que se reconocen como las más habituales:

  • Estrés (con su compromiso orgánico severo)
  • Ansieda
  • Sentimientos de culpa, inferioridad, baja estima
  • Temor en el momento del encuentro sexual (no poder)
  • Situaciones sexuales vividas como traumáticas (encuentros sexuales frustrantes, agresivos, etc.)

Hay que destacar que muchas veces en los casos de causa orgánica de la impotencia se asocian a una causalidad primaria, estos factores psicológicos, complejizando el cuadro general.

¿Qué desarrollar?

En realidad parte del proceso diagnóstico de la impotencia sexual (o de las disfunciones sexuales) incluyen, además de un examen médico minucioso, una anamnesis (historia) completa que profundiza la vida sexual del paciente. A través de una descripción de la dificultad se puede inferir diagnóstico: si se trata de conflicto de impotencia ( incapacidad de conseguir y mantener la erección) de eyaculación precoz o tardía o vinculado específicamente con el deseo sexual.

Es importante trabajar –si el perfil es netamente psicológico- en conjunto con la pareja, explorando ideas y propuestas comunes, explicitando miedos y tabúes.

Es importante asimismo remover los tabúes acerca de cuestiones absolutamente arraigadas en nuestra sociedad: tamaño del miembro y fantasías acerca de ello, tipo y número de actuaciones sexuales, impotencia “como preaviso” del envejecimiento, mala experiencia como precursora de una actividad sexual angustiante, etc.

Bajar la ansiedad –y la obligación- de mantener relaciones sexuales genitales, puede aliviar la tensión y la ansiedad que genera la necesidad de cumplir. Muchas veces esto alcanza por sí mismo para generar el trastorno y sostenerlo.

Los tabúes no ayudan en este campo, pero si puede desarrollarlo una acertada decisión de consultar con un especialista. Puede significar un camino de retorno mucho más corto que lo imaginado.

Vía | Potencia Sexual



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AUTOR: Paula Martínez
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